¿Puedo ser tu almohada?

Publicado el 3 de noviembre de 2014 en Extractos por | 0 comentarios

Después de un par de horas José María, su marido y amo, me preguntó si querría ir con ellos a su casa. Me explicó en pocas palabras que deseaba fervientemente que alguien más joven tomara y esclavizara a su mujer delante de él. Míriam permanecía callada y arrodillada a nuestros pies.

No pude ni quise decir que no.

Nada más entrar en su casa, José María le ordenó a su mujer que me la chupara y ella, ávidamente se tiró a mi entrepierna. Cuando me la sacó estaba fláccida, asustada y ciertamente acomplejada, pero un minuto dentro de su boca experimentada hizo que la dureza llegara. Mi respiración entrecortada decía mucho de su pericia y ganas. Empecé a sentir que me iba, que todo el semen de mis pelotas iba salir despedido a velocidad supersónica en breve. Ella debió de notarlo ya que se saco mi polla de la boca y me dijo mirándome a los ojos:

—En mi cara, por favor, báñame con tu esencia.

Como un sortilegio esas palabras hicieron su efecto en mi psique, y mis huevos se contrajeron y mi polla pareció llenarse mucho más de sangre. El semen salió despedido, un estallido de color blanco en su cara; su boca se llenó enseguida, sus mofletes y sus labios temblaban de excitación. Sus ojos permanecían abiertos, inteligentes, calientes, divertidos, y el líquido blanco corría por su cara y seguía su camino cuello abajo.

Su marido se estaba haciendo una paja y unos segundos después de correrme yo lo hizo él: recogió su semen en una mano y se lo acercó a la boca de su mujer, que rápidamente lo bebió como de un cáliz sagrado se tratara.

Sí, mi primera experiencia fue con una pareja que podían ser mis abuelos.

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