Mi primera vez

Publicado el 24 de noviembre de 2014 en Extractos por | 0 comentarios

Llegué a casa de madrugada, en medio de los restos de esa bruma eufórica, dramática y bipolar de las borracheras de adolescencia. La puerta tropezó con un bulto indistinguible en aquella oscuridad. Cuando encendí la luz me encontré con el cuerpo de Matías en el suelo. Estaba desnudo, y un hedor alcohólico se desprendía de su piel como una vaharada caliente. La saliva le goteaba de los labios entreabiertos y tenía la mano en el bolsillo del abrigo que yacía en el suelo junto a él, como si se hubiera caído fulminado mientras buscaba algo.

Estaba claro que nadie esperaba que volviera por allí hasta el día siguiente. Lamenté que papá y mamá no fueran a volver aquella noche y que eso me privara de un momento de vergüenza generalizada entre adultos. Y mientras sonreía imaginando las caras de todos los presentes, no sé muy bien por qué, me agaché para comprobar qué era lo que Matías había estado buscando. Entre sus dedos, lo que encontré fue un tubo de lubricante. Me incorporé mientras en mi mente se formaba una imagen imprecisa de la finalidad de aquella crema, producto de una mezcla de conjeturas y datos que mis amigos y yo habíamos sacado de internet.

En ese momento oí el ruido, como un murmullo incoherente.

Al doblar la esquina del salón vi la luz que salía del cuarto, el resplandor tenue y amarillento de una de las lámparas de la mesilla del dormitorio de mis padres. Avancé todo lo despacio y silencioso que me permitía el alcohol en mi cabeza que era como una yema de mercurio que luchaba por desequilibrarme. Apoyé la espalda contra la pared junto al marco de la puerta y me concentré en los sonidos que me rodeaban. Volví a oírlo, unos susurros como los de quién habla consigo mismo o tararea una canción de la que no sabe la letra inconsciente de que lo está haciendo. Muy lentamente, me asomé al vano de la puerta.

Y entonces la vi.

Estaba sobre la cama, transversal al eje de ésta, arrodillada y boca abajo, con los pies colgando al borde del colchón. Tenía los brazos entre las piernas, y Matías le había atado las muñecas a los tobillos. Aquella postura la dejaba indefensa y exponía totalmente sus genitales.

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